Rocío García-Calabrés Pedrajas.

Más de una vez hemos tenido expectación por ver una película de terror que acaba siendo un “sin más”. Y es que “guardar” la escena de más miedo para cuando el protagonista está bajando al sótano, se convierte en un “cliché” que ya no asusta. Porque así son los clichés, tan obvios, tan dotados de seguridad, tan “vestidos” de estereotipo que, de tanta repetición, pierden su capacidad de impacto o sorpresa. Un problema subyacente, no obstante, es que hay muchos “hechos” repetidos y estructurados que traspasan las pantallas y se asientan en la sociedad: ¿qué hay con estar acostumbrados a vestir a los niños de azul y a las niñas de rosa? ¿Por qué nuestra orden del día es mostrar una imagen en Instagram acorde a lo que no somos? Muchos son los ejemplos de las “cosas” que se dan por sentadas en la sociedad porque así dicta la costumbre, lo que “queda bien”, que se nos olvida pensar si “eso” es lo correcto o no.

Adolf Eichmann, teniente coronel nazi de la Segunda Guerra Mundial, fue una de las múltiples víctimas del “cliché nazi” pues, al igual que otros tantos criminales formados por el sistema totalitario, solo se dedicaba a acatar las normas del sistema, porque era lo que se “daba por hecho” que era lo correcto, la costumbre, lo que “quedaba bien”. La filósofa Hannah Arendt escribió una serie de artículos sobre Eichmann para la revista New Yorker que acabarían convirtiéndose, para muchos, en la principal reflexión del mal después del Holocausto: “la banalización del mal”, concepto por el que la autora adquirió tanta fama como crítica.

Según las palabras de Arendt “Eichmann no fue atormentado por sus problemas de conciencia. Sus pensamientos quedaron totalmente absorbidos por la formidable tarea de organización y administración que tenía que desarrollar”. Este nuevo concepto de maldad pone de manifiesto que el “mal”, tal como se concibe, no tiene por qué ser buscado, ni encontrado, únicamente, en criaturas extraordinarias; el mal más inmundo puede encontrar asilo en la estructura física y mental de un individuo tan banal y normal como Eichmann, que se limitaba a hacer lo que le ordenaban dentro de un mundo totalitario, ordinario y cotidianamente cliché, porque le daba seguridad. La seguridad de la costumbre, y si la costumbre era matar a judíos y deportarlos, daba lo mismo.

Las palabras de Arendt son un grito a la sociedad para que luche por mantener su espíritu crítico. Tenemos que ser conscientes de nuestros actos y pensar las consecuencias de nuestras acciones; si damos por legítimo todo aquello que dicta el sistema, y nos acostumbramos a dejar que siempre nos lidere, podemos acabar siendo “terroríficamente normales”, como Adolf Eichmann. El Holocausto no podría haber sucedido sin la participación de millones de personas que no eran nazis convencidos.

No podemos quedarnos en el cliché, tenemos que ser exigentes con todos nosotros. No debemos renunciar al pensamiento crítico y conformarnos con ser meros espectadores. Tenemos derecho a opinar, a debatir… Actitudes que hay que fomentar en una sociedad cada vez más “borrega”, falta de ánimos para pensar críticamente. Por ello, me siento orgullosa de todos nosotros que formamos parte de CDU (Club de Debate Universitario), porque el sótano de nuestra conciencia, nuestra base, es crítica. Y esa es la única alternativa frente a un posible cliché que nos acerque al mal.

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